Navegando

Pensaba en que hace ahora diez años, el 12 de septiembre de 2001, estaba viendo a Jaime Anglada con Quique en aquel ‘Navegando solos’; hace unos seis años que no le veía. Pensaba en ello viendo a Jaume hoy, diez años después de aquella noche, en El Sol con Los Madison. Da vértigo pensar en todo lo que ha cambiado, y en las pocas cosas que me quedan de entonces…

Recuerdo perfectamente aquel concierto porque fue justo el día después de aquel horror de las Torres Gemelas, y al pensar en lo que hacía aquellos días vuelve toda una época, un montón de sensaciones, de golpe a la cabeza. Recuerdo que por la mañana quedé con un amigo para intercambiar discos y material musical, llevaba un año de retraso agobiada con prácticas y exámenes y sin tiempo para casi nada. Comentamos lo que había ocurrido con las Torres momentos antes sin poder creerlo todavía. Y el concierto del día siguiente, con aquella sensación de necesitar algo a lo que aferrarnos cuando el mundo escapa a nuestro control y quedamos perdidos sin saber cómo reaccionar, de querer encontrar una cierta normalidad en una vida que todos sentimos de pronto ínmensamente frágil. Recuerdo los frecuentes nervios y el cosquilleo que me entraban antes de aquellos conciertos, era todo un universo. Lo mal que lo pasaba entonces teniendo que relacionarme, las crisis agudas de fobia social que parecía que nunca me permitirían hacer una vida normal. Me cuesta pensarme a mí misma como aquella universitaria, a pesar de que en el fondo a veces me parece que en lo esencial no he avanzado ni un paso. Ningún avance aparte del que evidencia el tiempo en el físico, porque el aspecto ya no tiene nada que ver con el de la veintena, y eso hace que me parezca que aquella chica y yo somos personas distintas, y que también se lo parezca a los demás. La cantidad de gente que fue entrando en mi vida precisamente desde aquella noche y en los años siguientes. Y que luego fue desapareciendo de ella para tomar otros caminos. Los sueños, lo que estaba por venir, lo que se queda en el tintero, los giros que da la vida sin preguntar, las eternas incertumbres con las que uno termina aprendiendo a convivir a la fuerza, las vivencias inesperadas a las que nunca creía que tendría acceso…Es complicado cómo funciona la cabeza. Pienso ahora al escribirlo que no tiene sentido mirar hacia atrás con tristeza, aunque no pueda evitarlo a veces, cuando lo mejor de recordar el título del concierto de aquella noche es pensar que ahora no navego sola.

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